El momento no es después, es ahora: decisiones valientes para crear el futuro que imaginas
- Adan Aguirre
- 2 sept 2025
- 5 Min. de lectura
Hay una trampa silenciosa que atrapa a millones de personas en todo el mundo. No hace ruido, no golpea de frente, no amenaza con violencia. Al contrario, se viste de calma, de paciencia, de esa aparente sabiduría que dice: “espera, todavía no es el momento”. Esa trampa se llama después. Y bajo su hechizo, generaciones enteras han visto pasar sus sueños como barcos que se alejan en el horizonte, mientras la orilla se llena de arrepentimientos.

El ser humano suele engañarse creyendo que tendrá más tiempo. “El lunes empiezo”, “el próximo año me atrevo”, “cuando tenga dinero lo hago”. Y sin embargo, cada vez que pospone, algo se va desgastando por dentro. Como una vela que arde aunque nadie sople. El reloj avanza sin pedir permiso, y ese supuesto “mañana” nunca llega vestido de perfección. Solo llega como lo que siempre fue: un presente disfrazado.
Imagina a alguien parado frente a una puerta. Detrás de ella está el camino hacia la vida que sueña: un negocio propio, un viaje largamente esperado, una reconciliación con un ser querido, un cambio que transforma su destino. La mano tiembla en el picaporte. Afuera, las voces de la costumbre le dicen: “espera, aún no”. Y dentro de sí mismo, otra voz susurra con más fuerza: “abre ahora, porque mañana tal vez la puerta ya no esté”.
El futuro que imaginamos rara vez se construye de grandes gestas heroicas. Más bien nace de esos momentos invisibles donde alguien se atreve a decidir cuando todo alrededor grita que no es tiempo. Lo que hace la diferencia no es la ausencia de miedo, sino la decisión de caminar con él al lado.
El espejismo del “después”
Muchas personas viven como si tuvieran una segunda vida guardada en el bolsillo, una especie de garantía que dice que después habrá oportunidad para intentarlo todo. Pero esa garantía no existe. Lo único que poseemos es este instante, y lo que hagamos con él marcará la dirección de todos los que vengan.
¿Cuántas veces hemos dejado escapar un sueño por esperar “el momento correcto”? Tal vez se trataba de iniciar un proyecto, de hablar con alguien, de arriesgarse en una idea. Y la pregunta incómoda aparece como una sombra: ¿qué hubiera pasado si hubieras dicho sí ese día?
El mundo está lleno de historias que nunca ocurrieron porque se quedaron atrapadas en ese espejismo. Libros que jamás se escribieron, canciones que se apagaron en la garganta, empresas que jamás vieron la luz, amores que nunca comenzaron. Y sin embargo, lo más doloroso no es lo que no sucedió, sino la certeza de que todo pudo haber sido diferente si alguien hubiera tenido el valor de decidir antes.
El precio de esperar
Esperar tiene un costo silencioso. No se paga con dinero, sino con vida. Se paga con los años que se van, con las oportunidades que no vuelven, con la energía que se gasta en imaginar en lugar de actuar.
Es como sentarse en una estación de tren creyendo que siempre habrá otro vagón que pase, y descubrir tarde que aquel que dejaste ir era el que llevaba tu nombre escrito en el asiento.
La espera, cuando nace del miedo, no es prudencia: es renuncia anticipada. Y cada renuncia va marcando el alma con cicatrices invisibles que después se llaman frustración.
Si alguna vez te has descubierto diciendo “ya es tarde para mí”, recuerda que esa frase es hija de otra más peligrosa: “todavía no”.
Decisiones valientes: cuando el miedo se convierte en brújula
El miedo no desaparece cuando decidimos. Al contrario, muchas veces se intensifica. Pero en lugar de verlo como enemigo, ¿qué pasaría si lo miraras como señal? Como esa brújula que apunta hacia lo que de verdad importa.
Piensa en un boxeador que sube al ring. En su mente no hay certeza, solo preguntas: ¿y si pierdo? ¿y si me lastimo? ¿y si no estoy listo? Pero da el paso, y es ese paso el que lo convierte en luchador. El valor nunca fue la ausencia de miedo, sino la voluntad de abrazarlo como compañero de camino.
La vida pide decisiones valientes no en momentos extraordinarios, sino en los instantes cotidianos donde se juega todo. Levantarse una hora antes para escribir, decir lo que sientes cuando te tiemblan las manos, cambiar de rumbo cuando parece más seguro quedarse en la rutina.
Y aquí surge una pregunta que abre caminos: ¿qué pasaría si te dieras permiso de actuar ahora mismo, aun con miedo?
El futuro que imaginas no necesita certezas, necesita movimiento.
El poder del presente como punto de partida
El presente es como un campo fértil. No importa si el pasado fue una sequía o un incendio; lo único que cuenta es la semilla que decidas plantar hoy. Esa semilla crecerá, aunque al principio sea invisible a tus ojos.
Muchas veces la gente no da el primer paso porque quiere ver el camino completo. Pero los caminos no se revelan enteros; se construyen paso a paso. Quien espera claridad absoluta nunca comienza. Quien acepta la neblina del inicio, encuentra la ruta en el andar.
Imagina a alguien que decide escribir una novela. No necesita conocer cada capítulo antes de empezar. Solo necesita escribir la primera página. Esa primera página es pequeña, pero contiene la fuerza de todo lo que vendrá. Así ocurre con la vida: una sola decisión presente puede cambiar la historia completa.
Tal vez tu vida no cambie hoy con una gran transformación, pero sí con una microdecisión: enviar ese correo, inscribirte en esa clase, ahorrar ese primer peso, hacer esa llamada que llevas meses posponiendo. El poder del ahora está en su capacidad de abrir futuros que parecían imposibles.
Crear el futuro que imaginas
Cada persona guarda dentro una imagen secreta de lo que quiere ser. A veces es nítida, a veces difusa, pero siempre está ahí. El problema es que muchos la contemplan como si fuera un cuadro colgado en una pared: algo para admirar, no para habitar.
El futuro que imaginas no está esperando allá adelante, está reclamando decisiones aquí y ahora. Y si quieres descubrirlo, hay una pregunta que no puedes evadir:
¿cómo se vería tu vida dentro de cinco años si empezaras hoy mismo?
Imagina los detalles:
¿Dónde estarías?
¿Con quién?
¿Qué estarías haciendo?
¿Cómo se sentiría despertar cada mañana en esa vida?
Permítete verlo con los ojos de la mente. Y después de verlo, entiende esto: cada decisión de hoy es un ladrillo en esa construcción.
El futuro no llega de golpe. Se fabrica con cientos de pequeños actos de valentía cotidiana.
El momento perfecto no existe
En la vida real, nadie toca la campana para anunciar que ha llegado “el momento perfecto”. Nadie trae un contrato con garantías de éxito absoluto. El momento perfecto es una ilusión. Lo único real es este instante, esta oportunidad, esta decisión que tienes en las manos.
El día que entiendes esto, la vida se abre como un río que invita a ser cruzado. Tal vez no sepas qué hay del otro lado, pero lo único peor que arriesgarse es quedarse para siempre en la orilla preguntándote qué hubiera pasado.
El futuro que imaginas te está llamando ahora. No mañana, no después, no algún día. Ahora. Y tu respuesta no necesita discursos, solo decisiones.
Así que la pregunta final queda frente a ti, desnuda y poderosa:
¿qué vas a hacer hoy que tu “yo” del futuro te agradezca para siempre?
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