¿Por qué no todos llegan? La diferencia entre soñar y actuar
- Adan Aguirre
- 21 ago 2025
- 5 Min. de lectura
En cada ciudad, en cada calle, en cada esquina, hay personas cargando sueños como si fueran maletas que nunca se atreven a abrir. Sueños que guardan bajo llave por miedo a que se rompan o, peor aún, por temor a descubrir que no eran tan brillantes como imaginaban.

Y, sin embargo, también hay otros —menos visibles, menos ruidosos— que caminan ligeros. No cargan maletas, llevan herramientas. No se conforman con hablar de lo que harán “algún día”, porque entienden que ese día no existe en el calendario; saben que, si quieren que llegue, tienen que construirlo.
La diferencia entre unos y otros no es el tamaño del sueño ni la intensidad del deseo. Es algo más simple… y más difícil: la decisión de moverse.
El lugar cómodo de los que sueñan
Él estaba sentado frente a la ventana, mirando cómo la lluvia golpeaba el cristal. Afuera, las gotas se deslizaban con prisa, dibujando caminos invisibles. Dentro, el reloj marcaba el paso lento del tiempo. Tenía un cuaderno a medio llenar con ideas, planes, fechas imaginarias.
“Algún día…” pensaba, y esa frase, tan pequeña, se había convertido en una red que lo mantenía quieto. Le gustaba soñar. Era un lugar cálido. En su mente, todo salía perfecto. En su imaginación, no había tropiezos, no había fracasos, no había miradas que juzgaran. Allí, todo era posible… menos la realidad.
Soñar es como quedarse al borde de un río cristalino, imaginando lo que hay del otro lado. Es hermoso, sí, pero no te lleva allí. Y cuanto más tiempo pasas observando la corriente sin entrar en ella, más miedo tienes de mojarte.
A veces, lo único que separa a quien sueña de quien se mueve es ese primer paso. Y sin embargo, para muchos, ese paso es un muro.
El latido de los que se mueven
A unos metros de allí, en la misma ciudad, otra persona también miraba la lluvia. Pero no estaba sentado: caminaba bajo ella. Sentía el agua resbalar por su rostro y, aunque sabía que podría resguardarse, eligió seguir. Porque lo que lo empujaba a avanzar no era la certeza de llegar, sino la imposibilidad de quedarse quieto.
Quien se mueve no espera el momento perfecto; aprende a bailar con la incomodidad. Entiende que el miedo no desaparece antes de actuar, sino después de empezar.
Los que se mueven tropiezan, se equivocan, se cansan. Pero también descubren caminos que nunca habrían visto desde la orilla. Descubren que la acción es un músculo que se fortalece con el uso, y que las decisiones pequeñas de hoy se convierten en victorias grandes mañana.
El puente invisible
Entre quienes sueñan y quienes se mueven hay un puente que no se construye con madera ni piedra, sino con pequeñas decisiones: decir que sí a una oportunidad incómoda, terminar lo que se empezó, pedir ayuda, levantarse un poco más temprano, decir en voz alta “voy a hacerlo” y hacerlo.
Ese puente no siempre es visible. A veces se construye en silencio, en días en los que no parece pasar nada. Pero llega un momento en que te das cuenta de que ya no estás en el mismo lugar donde empezaste.
Aquí surge una pregunta que muchos evitan: Si no me muevo hoy, ¿cuánto tiempo más pienso quedarme aquí?
El miedo como guardián
El miedo no siempre grita. A veces susurra: “No es el momento”, “No estás listo”, “Es demasiado arriesgado”. Y en ese susurro, roba años enteros.
Hay quienes esperan la aprobación de los demás, como si para dar un paso necesitaran una firma invisible. Hay quienes posponen su inicio hasta tener todo claro, sin darse cuenta de que la claridad llega caminando, no pensando.
Y hay quienes creen que soñar es suficiente. Pero el sueño sin movimiento es un jardín sin agua: se marchita, aunque lo mires todos los días.
Un eco desde el ring
En un gimnasio de barrio, un joven subía al ring por primera vez. No sabía si ganaría o si su cuerpo aguantaría los golpes, pero sí sabía algo: no quería volver a casa con la sensación de no haberlo intentado.
Su entrenador le había dicho algo que se le quedó grabado: “No hay victoria sin campanazo inicial. No puedes ganar una pelea que no comienzas”.
La vida funciona igual. Hay batallas que no están en los calendarios, pero se libran cada día: la batalla de levantarte cuando es más fácil quedarte en la cama, la de hablar cuando es más seguro callar, la de avanzar cuando sería más cómodo quedarte.
Las conversaciones que cambian el rumbo
En algún momento, todos nos encontramos con una conversación que nos sacude. A veces, es con alguien más; otras, es con nosotros mismos. Esa voz interna que pregunta, sin rodeos:“Si no lo haces ahora, ¿cuándo?”“¿Qué pasará con tu vida si sigues esperando?”“¿Qué es lo peor que podría pasar… y qué es lo mejor?”
No todas las respuestas llegan de inmediato. Pero cada vez que te permites enfrentar esas preguntas, algo se mueve.
La verdad incómoda
La verdad es que no todos llegan. No porque no puedan, sino porque no quieren pagar el precio. Y el precio no siempre es dinero: a veces es renunciar a la comodidad, a la aprobación, a la certeza.
Pero quienes lo pagan descubren que lo que reciben a cambio es infinitamente más valioso: una vida que se siente suya, un camino que pueden mirar con orgullo, la certeza de que no se quedaron con las ganas.
Cruzar la línea
No hay aplausos en el momento en que decides empezar. No hay fuegos artificiales, ni portadas de revistas. Solo estás tú, dando un paso que quizá nadie note… salvo tú. Y eso basta.
Un día, sin darte cuenta, te descubres viviendo algo que antes solo existía en tu imaginación. Miras hacia atrás y te das cuenta de que la distancia entre soñar y llegar no estaba hecha de kilómetros, sino de decisiones.
Y en ese instante, entiendes que el verdadero fracaso nunca fue intentar y perder, sino quedarse inmóvil y ver cómo el tiempo se lleva lo que un día imaginaste.
Al final, todos tenemos una elección: quedarnos en la orilla soñando con la otra parte del río, o mojarnos los pies y empezar a cruzar.
La diferencia entre los que sueñan y los que se mueven no está en la suerte, ni en los recursos, ni siquiera en el talento. Está en la disposición a actuar, aun cuando el corazón late más rápido y las manos tiemblan. Basta pensar si queremos solo soñar o actuar para lograr esos sueños.
Porque los sueños se escriben en la mente, pero se cumplen con los pies.
Y quizá, mientras lees estas palabras, te preguntes en silencio:
“¿Estoy soñando… o ya me estoy moviendo?”
.png)



Comentarios